martes, 22 de mayo de 2012

Maltratar el cuerpo

Maltratar el cuerpo
Siempre he tenido debilidad por las personas que maltratan su cuerpo, que vomitan, que no comen, que se hacen cortes o que fuman como auténticos carreteros.
Supongo que es una atracción de contrarios, porque yo siempre lo tengo presente en mis oraciones y el mimo tanto como puedo, como si el cuerpo no me perteneciera y tuviera que justificar ante el mundo todos los desperfectos gratuitos que le inflige.
No soy una de esas criaturas idiotizada que viven pendientes del espejo.
Y si me despojos-cosa que no te aconsejo-verás que detrás de las rodillas tengo unos eczemas que se hacen mayores cuando la impaciencia me domina.
Aún así, el cuerpo me lo tomo en serio.
Y no sólo porque lo necesito para ir arriba y abajo y para tratar de cumplir las promesas que me he hecho, sino también porque siempre ha sido un intérprete más profundo del mundo que mi inteligencia.
Cuando ya no sé qué pienso de una situación, y todos los puntos de vista me empiezan a parecer justificables, el cuerpo me marca los límites del camino.
Me parece que el cuerpo nos da la medida exacta de lo que hacemos y lo que somos, y que nos conecta con aquellas dimensiones de la vida que de entrada se nos escapan.
Siempre que por un exceso de miedo o de valentía he desobedecido el cuerpo, he acabado dándole la razón.
La gente que tiene una relación violenta con el cuerpo suele ser perfeccionista, pero en general me parece que hace trampas, y que tarde o temprano hace pagar su impaciencia a quienes están a su alrededor.
El cuerpo nos ayuda a humanizar los ideales, ya darles unidad.
Cualquier persona sensible ha sentido el cuerpo como una cárcel o se ha proyectado la rabia para evitar hacer daño a los demás.
Pero si te acostumbras a no hacer caso de los límites que sabiamente te impone el cuerpo, alguien lo pagará por ti ya la larga no sacarás nada positivo.
Maltratar el cuerpo tiene más épica que operarse los pechos o que hacerse una nariz nueva, pero en el fondo es el mismo.
El cuerpo es un regalo de los ángeles y siempre que la vanidad dobla nuestro orgullo demostramos nuestra ingratitud castigándolo o embelleciéndola lo de las formas más originales y más barrocas.

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